¿Qué es la cognición? Es la forma en que nuestra mente le da sentido a lo que percibimos. A través de nuestros sentidos recibimos estímulos; esos estímulos viajan al cerebro y es allí donde los interpretamos. En nuestra mente, aromas, colores, sabores y sensaciones táctiles se conectan con la memoria, los recuerdos y la experiencia. Así, cargamos los estímulos de emoción y los transformamos en ideas, en expresión, en lenguaje.
Cuando un aroma te recuerda a cerezas,
cuando un vino te genera placer o te desagrada,
cuando lo imaginas con una comida,
eso no es azar.
Es cognición en acción.

Los sentidos y la cognición
Seguramente, si hoy nos preguntan cuántos sentidos existen, todavía respondemos de manera casi automática: cinco.
Vista, oído, olfato, gusto y tacto.
Eso es lo que aprendimos en el colegio: los llamados sentidos aristotélicos, descritos por Aristóteles hace más de dos mil años.
Pero hoy sabemos que la experiencia sensorial humana es mucho más compleja.
Existen otros sentidos, como la propiocepción, que nos permite saber dónde está nuestro cuerpo en el espacio, o la interocepción, que nos conecta con lo que ocurre dentro de nosotros.
Y, aún más importante, la percepción es selectiva: no registramos todo lo que nos rodea. Elegimos —de forma consciente o inconsciente— a qué prestar atención.
Por eso, lo que cada persona percibe es siempre único.
En el mundo del vino, esto es fundamental.
Durante mucho tiempo, la cata tradicional ha intentado tratar al vino como un objeto aislado: algo que se analiza fuera de su contexto, como si fuera igual para todos.
Pero hoy emerge una mirada distinta.
Una en la que el vino no es solo un líquido en una copa, sino una experiencia con la que establecemos una relación.
Cada degustación es única porque ocurre en un momento, un lugar, un estado emocional y un contexto distintos.
La cata, en el fondo, no es solo el vino, ni solo su percepción a través de nuestros sentidos.
Es el encuentro entre el vino y quien lo degusta.
Las cuatro etapas de la cognición en la cata de vinos
El neurocientífico Gordon M. Shepherd, pionero en neuroenología, sostiene que el sabor del vino no existe en la copa, sino que es una construcción del cerebro. El vino entrega estímulos; la mente crea la experiencia.
Esa construcción ocurre en varias capas.
1. Sensación — lo que el cuerpo recibe
La sensación es la fase puramente física de la cata.
Moléculas aromáticas estimulan los receptores olfativos.
Sustancias químicas activan las papilas gustativas.
La textura del vino activa sensores táctiles en la boca.
La temperatura y el alcohol estimulan nervios trigeminales.
En este nivel no hay aún interpretación.
No existe “fruta”, “frescura” o “placer”.
Solo existen señales nerviosas viajando al cerebro.
El investigador Barry G. Green, PhD (Universidad de Yale) explica que el gusto y el olfato no funcionan como sentidos aislados, sino como un sistema multisensorial que el cerebro debe integrar.

2. Significado — lo que reconocemos
Cuando esas señales llegan al cerebro, este intenta responder una pregunta básica:
¿a qué se parece esto?
Aquí aparecen las asociaciones:
fruta, flores, madera, comida, lugares.
La neurocientífica Rachel Herz ha demostrado que los aromas activan directamente el sistema límbico, donde viven la memoria y la emoción.
Por eso los olores evocan recuerdos de forma tan inmediata y poderosa.
No olemos vino.
Olemos experiencias pasadas, recuerdos.
3. Interpretación — lo que sentimos
En esta etapa, el vino deja de ser una sensación y se convierte en algo que nos pasa.
El cerebro no solo registra estímulos: los evalúa.
De forma casi invisible se pregunta:
¿me agrada?, ¿me incomoda?, ¿me interesa?, ¿me conecta con algo?
Un mismo vino puede sentirse distinto según el momento, el lugar, la compañía o el estado de ánimo.
El filósofo Nicola Perullo, en su libro Epistenología, propone que conocer no es analizar un objeto desde fuera, sino vivir un encuentro desde el cuerpo, los sentidos y la situación.
No conocemos el vino: nos relacionamos con él.
Eso es lo que ocurre aquí.
El vino deja de ser algo que observamos
y se convierte en una experiencia que interpretamos desde nuestra propia historia.
4. Lenguaje — lo que podemos expresar
uando decimos:
- “es fresco”,
- “es suave”,
- “me lo imagino con comida”,
no solo describimos el vino: estructuramos nuestra experiencia.
El lenguaje es una herramienta cognitiva poderosa. Las palabras no solo nombran sensaciones, sino que ayudan a organizar, recordar y comunicar lo que sentimos. Estudios en psicología cognitiva muestran que el lenguaje y la memoria están estrechamente conectados, influyendo en cómo codificamos y recuperamos experiencias complejas como el gusto o la percepción sensorial.
En la cata de vinos, esto significa que poner en palabras lo que sientes no es solo una habilidad estética, sino una forma de profundizar y fijar tu comprensión. Una manera de poner en forma nuestra mente.

Eso es cognición
La cognición es el proceso que une:
sensación → significado → emoción → lenguaje
Dos personas pueden beber el mismo vino.
Una dice “me gusta”.
La otra dice “me hace sentir algo”.
La diferencia no está en la copa.
Está en la mente que la interpreta.
Eso es cognición:
cuando el vino se conecta con tu mundo. 🍷🧠

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