MOVI, 15 años después: la fuerza de lo independiente en el vino chileno
A 15 años de su creación, MOVI (Movimiento de Viñateros Independientes) ha sido clave para visibilizar a productores de escala humana y para ampliar la conversación sobre identidad, asociatividad y diversidad en el vino chileno.
Quince años no son poco.
Menos en una industria como la del vino, donde sostener una visión en el tiempo exige convicción, trabajo colectivo y una idea clara de lo que se quiere defender. En el caso de MOVI, este aniversario no solo habla de permanencia. También invita a mirar qué necesidad vino a cubrir en su origen, qué ha mantenido unido al movimiento durante estos años y qué lo sigue impulsando hoy.
El origen: abrir espacio para otra escala
Cuando MOVI nació en 2009, el vino chileno todavía se mostraba sobre todo desde la lógica de la gran escala, el volumen y una imagen bastante homogénea del país productor.
Los proyectos más pequeños tenían muy poca visibilidad. Ahí nace una de las necesidades más claras que MOVI vino a cubrir: abrir una ventana para productores independientes y mostrar que el vino chileno no era una sola voz, sino muchas.
Territorios distintos, trayectorias distintas, diferentes formas de entender el vino. Desde sus inicios, MOVI buscó ampliar la mirada sobre Chile y dar valor a vinos donde el origen y la identidad de cada proyecto importaran de verdad.
Sven Bruchfeld, de Viña Polkura y socio fundador de MOVI, recuerda esos años como un momento en que hablar de viñas pequeñas en Chile era todavía algo nuevo. En ese contexto, salir a la calle como MOVI permitió abrir puertas que probablemente habrían permanecido cerradas para muchos productores individuales.
Y no fue un gesto silencioso.
MOVI generó ruido, incomodó y ayudó a instalar una conversación que el vino chileno todavía no terminaba de integrar: la de una vitivinicultura más cercana, más diversa y más humana.
Lo que los ha unido: una forma de entender el vino
Pero si MOVI ha llegado hasta aquí, no es solo por la necesidad que cubrió al comienzo, sino por lo que ha mantenido unido al movimiento durante estos 15 años.
Y ahí aparece una idea central: lo que une a sus socios no es solo el tamaño de sus viñas. Es una forma de entender el vino.
Ángela Mochi, de Attilio & Mochi, recuerda que entrar a MOVI en 2012 fue, antes que nada, un acto de pertenencia. Recién llegados desde Brasil e instalándose en Casablanca, encontraron una tribu que compartía no solo una escala humana, sino también una convicción de fondo: que el vino también puede entenderse como oficio, y no solo como industria.
En las voces de sus socios, MOVI no aparece simplemente como una asociación de pequeños productores. Aparece como una comunidad que comparte una ética del vino: una forma de pensarlo no como un producto diseñado por marketing, sino como una extensión de la biografía, del territorio, del tiempo y de la sensibilidad de quien lo hace.
Andrea Jure, de Mujer Andina Wines, lo expresa desde otra perspectiva, pero en una línea muy cercana. Para ella, sumarse a MOVI en 2016 fue una declaración de principios: un espacio donde el vino se entiende como identidad, relato y expresión de origen. En esa mirada, lo independiente no es solo una escala productiva. Es también una forma de habitar el oficio con convicción, sensibilidad y una búsqueda constante de autenticidad.
La asociatividad: una idea que se volvió práctica
Si hay algo que atraviesa la historia de MOVI es la asociatividad.
No como consigna, sino como práctica real.
Ahí, MOVI ha construido algo especialmente valioso: una cultura de colaboración donde defender una categoría también implica defender al otro.
Ángela Mochi lo resume con una imagen muy elocuente: en los eventos de MOVI, un socio puede presentar y defender el vino de un colega con el mismo entusiasmo y conocimiento que el propio. Ese gesto dice mucho. No se trata solo de representar la propia viña, sino de entender que si al vino del vecino le va bien, también le va bien al movimiento, a la categoría y, en alguna medida, al vino chileno que entre todos ayudan a representar.
Sven Bruchfeld lo pone en otra frase igual de potente: asociatividad como expresión.
Es decir, una manera de intervenir en la conversación sobre el vino chileno. Primero para cambiarle la cara al vino del país, luego para apoyar a los pares y recién después para generar un beneficio individual.
Lo que mueve hoy a MOVI
Quince años después, el desafío ya no es solo abrir espacio. Es seguir dándole valor a ese espacio en un contexto distinto.
Desde el propio movimiento reconocen que uno de sus principales retos hoy es seguir fortaleciendo el posicionamiento del vino independiente, tanto en Chile como en mercados internacionales. A eso se suma un escenario más complejo, marcado por la disminución en el consumo de vino y por nuevas generaciones que se relacionan de otra manera con el bienestar, el alcohol y las formas de consumo.
En los próximos meses, ese impulso seguirá tomando forma a través de acciones de promoción y difusión, como el viaje a Brasil en el marco de su tercer Site Matters, la visita de críticos de vino y comunicadores internacionales y una nueva edición de MOVI Night, uno de los encuentros más importantes del año para el movimiento.
Pero más allá de esos hitos, lo que parece mover a MOVI hacia adelante es una convicción más profunda: seguir defendiendo una idea del vino chileno donde la diversidad, la identidad y la escala humana no sean un detalle, sino parte esencial de su valor. Hoy el desafío es volver a conectar con el público, reencantarlo y comunicar el vino desde una mirada más cercana, consciente y coherente con el presente.
MOVI, 15 años después
A 15 años de su creación, MOVI es mucho más que una asociación de viñateros independientes. Es una fuerza que ayudó a abrir espacio. Una comunidad que dio visibilidad a otra escala.
Es también una red que hizo de la asociatividad una práctica real y le recordó al vino chileno que su riqueza también está en la diversidad de sus voces, territorios e identidades.
Quizás por eso, mirar hoy a MOVI no es solo revisar la historia de un grupo de productores.
Es mirar una parte importante de cómo el vino chileno aprendió a contarse de una forma más amplia, diversa y humana.
Agradezco especialmente a MOVI y a las personas entrevistadas para esta nota —al directorio de MOVI, presidido por Juan Pablo Rosset, y a los socios Sven Bruchfeld, de Viña Polkura; Ángela Mochi, de Attilio & Mochi; y Andrea Jure, de Mujer Andina Wines— por su tiempo, generosidad y disposición para compartir su mirada sobre la historia, el presente y el futuro del movimiento.
Descubre más desde ChezCarlita
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
