*Ultra-realistic editorial photograph. Horizontal sequence of six human-like silhouettes representing evolution from left to right. The first two silhouettes (far left) represent early human stages and are holding bunches of grapes. The middle silhouettes represent transitional stages, standing more upright and holding simple wine glasses. The fourth silhouette represents a modern figure in a formal suit, upright posture, holding a wine glass, symbolizing power and status. The FINAL two silhouettes (far right) represent present-day humanity: one male and one female figure standing side by side. IMPORTANT: the FINAL figures are facing directly forward (front-facing, looking straight ahead). The FINAL figures wear contemporary, comfortable, casual clothing (everyday modern clothes, neutral colors). IMPORTANT: the FINAL figures must NOT wear formal clothing, suits, jackets, or business attire. Between the hands of the FINAL figures there is a small grapevine plant, held gently together. The grapevine is a young plant with visible leaves and small grape clusters. The FINAL figures do NOT hold wine glasses. All silhouettes are fully clothed and realistic. No diagram, no illustration, no cartoon, no fantasy. Neutral earthy background, soft natural light, muted color palette (soil browns, olive greens, stone greys, deep wine tones). Serious, reflective, editorial mood. No text, no logos. Ultra-realistic, magazine-quality photography.*

El vino y la humanidad: poder, estatus y transformación en el mundo del vino

¿Qué le hicimos al vino… y qué dice eso de nosotros?


Durante miles de años, el vino no ha sido simplemente una bebida. Ha formado parte de la vida cotidiana, de la celebración, del vínculo entre las personas, y también ha sido símbolo de transformación, relacionado incluso con lo divino.

Si alguna vez fuiste a misa, sabes de qué hablamos: el vino no aparece ahí como mosto de uva fermentado, sino como la sangre de Cristo, símbolo de sacrificio, cargado de un sentido que va mucho más allá de lo material.

Ese simbolismo ligado a la idea de transformación se reflejaba en el propio proceso por el cual el mosto se convertía en vino gracias a la fermentación, un fenómeno que durante mucho tiempo se consideró casi mágico y misterioso, sin una explicación clara hasta el siglo XIX, cuando Pasteur reveló la “magia de las levaduras” y ese proceso comenzó a entenderse desde la ciencia.

En ese recorrido, el vino acompañó a las personas, se adaptó a sus creencias, a sus formas de vida y a sus modos de organización. Más que un objeto aislado, fue —y sigue siendo— un espejo de nuestra humanidad.


De lo divino a lo cotidiano

Históricamente, el vino fue un bien valioso y ampliamente intercambiado —desde el Egipto antiguo hasta el mundo romano—, asociado al poder, la economía y la vida social. Sin embargo, es con la Revolución Industrial cuando el vino deja de ser mayoritariamente un producto artesanal y territorial para comenzar a producirse y distribuirse a gran escala.

Al mismo tiempo, la ciencia avanza. La comprensión de la fermentación permite controlar variables clave y obtener un producto más estable y replicable. En este contexto, el vino comienza a verse menos como una experiencia compartida y más como un objeto, muchas veces despojado de relato e identidad territorial.


El vino como marcador de estatus

A lo largo del tiempo, el vino ha funcionado como un marcador de clase, gusto y pertenencia. No solo como bebida, sino como señal de educación, refinamiento y capital cultural. Ya en la Antigüedad, el acceso al “buen vino” estuvo asociado al poder y a la jerarquía social. En la modernidad, esta lógica no desaparece: se refuerza y se institucionaliza.

Durante gran parte del siglo XX, el vino fue concebido, producido y validado desde una mirada dominante: la del hombre blanco occidental. Sobre él recaían la propiedad de la tierra, el acceso a la educación especializada y la autoridad crítica.

Este modelo no solo definió qué vinos eran considerados valiosos, sino también quiénes tenían derecho a producirlos, beberlos y legitimarlos. El acceso a esos espacios no dependía únicamente del conocimiento o la sensibilidad, sino de la posición social, la pertenencia y el poder, una lógica que, en gran medida, sigue vigente.


Desde el estudio a la comunicación: vino, poder y brechas en el siglo XXI

Si el siglo XX estuvo dominado por una crítica mayoritariamente masculina, blanca y concentrada en Europa y Estados Unidos, el siglo XXI comienza a abrir —aunque todavía de forma desigual— un escenario distinto: más mujeres, más personas de nacionalidades diversas y nuevas geografías tomando la palabra, desde Asia e India hasta Latinoamérica y otros territorios históricamente periféricos en el discurso del vino.

Figuras como Sonal Holland, primera Master of Wine de la India, encarnan este giro hacia una comunicación más plural y menos eurocéntrica. Sin embargo, esta mayor diversidad convive con una tensión estructural persistente: el estudio del vino sigue funcionando como un factor de diferenciación y exclusión.

Cursar únicamente el WSET Level 3 implica una inversión aproximada de USD 2.000 a 2.500. Aspirar al título de Master of Wine supone, según estimaciones habituales en la industria y testimonios de candidatos, una inversión acumulada cercana a los USD 70.000, considerando exámenes, vinos de estudio, tutorías, viajes internacionales y años de dedicación con ingresos inestables.

Así, el prestigio y la legitimidad en el mundo del vino no dependen solo de talento, sensibilidad o vocación, sino también de brechas estructurales de género, origen, geografía y capital. Democratizar el vino no es solo ampliar las voces visibles, sino cuestionar quiénes pueden acceder al estudio, a la certificación y, finalmente, al derecho a ser escuchados.


El presente: nuevos actores, nuevas fuerzas

*Ultra-realistic editorial photograph. Horizontal sequence of six human-like silhouettes representing evolution from left to right.

The first two silhouettes (far left) represent early human stages and are holding bunches of grapes.

The middle silhouettes represent transitional stages, standing more upright and holding simple wine glasses.

The fourth silhouette represents a modern figure in a formal suit, upright posture, holding a wine glass, symbolizing power and status.

The FINAL two silhouettes (far right) represent present-day humanity: one male and one female figure standing side by side.

IMPORTANT: the FINAL figures are facing directly forward (front-facing, looking straight ahead).

The FINAL figures wear contemporary, comfortable, casual clothing (everyday modern clothes, neutral colors).

IMPORTANT: the FINAL figures must NOT wear formal clothing, suits, jackets, or business attire.

Between the hands of the FINAL figures there is a small grapevine plant, held gently together. The grapevine is a young plant with visible leaves and small grape clusters.

The FINAL figures do NOT hold wine glasses.

All silhouettes are fully clothed and realistic.

No diagram, no illustration, no cartoon, no fantasy.

Neutral earthy background, soft natural light, muted color palette (soil browns, olive greens, stone greys, deep wine tones). Serious, reflective, editorial mood. No text, no logos. Ultra-realistic, magazine-quality photography.*

Hoy, en un escenario de transformaciones sociales, tecnológicas y ambientales aceleradas, el vino se comprende mejor como un proceso dinámico.

En este contexto, el cambio no proviene únicamente de una revisión cultural, sino también de la redistribución del poder de compra. Mercados antes considerados periféricos —como India, varios países de Asia y de América Latina— comienzan a ganar protagonismo.

Al mismo tiempo, las generaciones millennial y Gen Z se relacionan con el vino desde otros códigos. Más que estatus o validación externa, buscan sentido, coherencia y afinidad con sus propias miradas y experiencias.


El vino no es inmóvil

Como expresión cultural, el vino no es un objeto fijo. Nos acompaña desde hace miles de años y ha cambiado con nosotros. Se ha adaptado a transformaciones sociales, sistemas económicos, creencias y maneras de habitar el mundo.

En ese proceso, el vino no solo se transformó en términos técnicos o productivos: también absorbió las tensiones, valores y contradicciones de cada época.

Por eso, más que una bebida o una industria, el vino puede leerse como un registro cultural en permanente movimiento.

Pensar el vino hoy implica asumir esa complejidad. Catar ya no es solo identificar aromas o evaluar estilos, sino situar una copa dentro de un contexto más amplio: social, económico, cultural y ambiental.

Piénsalo un momento. Observa a los viñateros de Ñuble y Biobío, territorios hoy rodeados y encajonados por la industria forestal y el fuego. Sus vinos “ahumados”, que desde una mirada técnica pueden ser considerados defectuosos, son en realidad el reflejo de zonas de sacrificio ambiental creadas por una obsesión con el dinero, donde la urgencia económica termina por imponerse incluso sobre el territorio y la vida.

Tal vez la pregunta ya no sea solo qué es el vino, sino qué está reflejando de nosotros en este momento.

Porque, más que un producto o una tradición, el vino no solo acompaña nuestra historia: la expone.
Es, al final, un espejo de nuestra propia evolución.

Taste. Think. Understand.

Si esta nota te hizo sentir algo, me encantará leerte en los comentarios. Y si sientes que suma a la conversación, compártela.

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2 comentarios

  1. Buenísimo, muy completo y con una mirada hacia el futuro que propone un gran desafío para todo el globo. Hay que comenzar a ver más allá del Eurocentrismo

    1. Muchas gracias! Son otros tiempos, nuevos tiempos, nuevos códigos culturales y el vino y su crisis actual son un reflejo de eso. Un producto que pasa por una transición como la sociedad misma y que necesita volver a reordenar su oferta. Quizá una oferta con más foco en lo ambiental, en la experiencia y la identidad. Hacer un vino «tecnicamente correcto» ya no es un atributo diferenciador, casi todos los vinos hoy son correctos… Cuando ya se da por sentado, lo dejamos de buscar, de desear. ¿Qué queremos hoy? Sentir, emocionarnos, conmovernos. Sentir algo real en medio de tanto artificio.

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