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Vinos de 8,5° en Chile: la nueva categoría de “vino bajo alcohol”

Hasta ahora, un vino elaborado y comercializado en Chile debía alcanzar al menos 11,5° de alcohol. Una modificación ya firmada abre por primera vez la puerta a una categoría de vinos desde 8,5°.


La nueva categoría se denomina “vino bajo alcohol”. El decreto, firmado por el Presidente de la República y el ministro de Agricultura, modifica el artículo 19 del Decreto N°78 e incorpora productos elaborados mediante prácticas enológicas autorizadas, con una graduación alcohólica real mínima de 8,5° y una graduación potencial inferior a la exigida para el vino tradicional. Todavía no está vigente, ya que fue enviado a Contraloría para su toma de razón.

Los 8,5° tampoco son un número escogido al azar. Ese es el mínimo que establece la Organización Internacional de la Viña y el Vino, OIV, en su definición general de vino. La propia OIV contempla que legislaciones regionales puedan establecer mínimos inferiores, hasta 7% vol., considerando factores como clima, suelo, variedad o tradiciones particulares de determinados viñedos.

El cambio ha generado una discusión importante entre enólogos, productores, gremios y personas directamente relacionadas con la industria del vino. Las posiciones son muy distintas e incluso divergentes.

Vinos de 8,5° y nuevas tendencias de consumo

Uno de los argumentos a favor de la modificación tiene que ver con las nuevas formas de consumo.

Hace tiempo escuchamos que las nuevas generaciones consumen menos alcohol y que existe una mayor demanda por alternativas de menor graduación o sin alcohol. Paralelamente, las categorías desalcoholizadas y parcialmente desalcoholizadas han ido ganando espacio en el mercado internacional.

Para una parte de la industria, permitir vinos desde 8,5° significa ampliar la oferta y responder a ese consumidor.

Alfonso Undurraga, presidente de Vinos de Chile, señaló a El Mercurio, en declaraciones recogidas por Emol el 14 de agosto de 2026, que la demanda internacional se está desplazando hacia productos de menor graduación y valoró la modificación desde una mirada comercial y de actualización de la legislación.

Hay, sin embargo, un matiz importante. Las bodegas chilenas ya podían exportar productos con menos de 11,5° a determinados destinos cuando la legislación del país comprador lo permitía. El propio gremio reconoce que, por esta razón, el efecto de la modificación podría sentirse con mayor fuerza en el mercado interno.


Vino bajo alcohol y vino desalcoholizado no son lo mismo

Esta diferencia es importante porque en la discusión ambas cosas se han mezclado bastante.

Chile reconoce desde 2013 las categorías de vino parcialmente desalcoholizado y vino desalcoholizado. La normativa también autoriza técnicas específicas de desalcoholización, como evaporación parcial al vacío, membranas y destilación.

Por lo tanto, hablar de un vino de 8,5° no significa necesariamente hablar de un vino elaborado originalmente con una graduación mayor al que posteriormente se le retiró alcohol.

Una menor graduación puede responder también a las características de la materia prima, las condiciones de cultivo, el momento de cosecha y las decisiones de elaboración.

Y aquí vale la pena separar otra idea que aparece con frecuencia: menos alcohol no significa automáticamente mayor frescor, mejor calidad ni mayor equilibrio. La calidad de un vino depende también de su madurez, acidez, concentración, estructura y del conjunto de decisiones tomadas durante su elaboración.


Zonas frías, variedades y vinos de menor graduación

Desde la mirada enológica, uno de los argumentos favorables al cambio es que podría abrir posibilidades para determinados territorios y variedades.

Manuela Astaburuaga, presidenta de la Asociación Nacional de Ingenieros Agrónomos Enólogos de Chile, explicó a El Mercurio, según recoge Emol, que la nueva categoría permitiría experimentar e innovar en zonas que pueden tener dificultades para alcanzar actualmente los 11,5°, mencionando Rapa Nui y Patagonia. También puso como ejemplo a Tintorera o Alicante Bouschet entre las variedades que podrían encontrar nuevas posibilidades bajo esta categoría.

Desde la pequeña producción también han aparecido argumentos en esta dirección. L’Entremetteuse planteó en una publicación realizada en su cuenta de Instagram el 14 de agosto que permitir vinos desde 8,5° puede ser especialmente relevante para la vitivinicultura de clima frío.

Aquí aparece una pregunta que para mí es inevitable: si una de las razones para modificar la norma es reconocer que existen territorios y condiciones capaces de producir vinos naturalmente de menor graduación, ¿tiene sentido establecer una categoría transversal para todo Chile?

¿A quién beneficia la nueva categoría de vino bajo alcohol?

También existen voces críticas.

Sergio Correa U., ingeniero agrónomo-enólogo, planteó sus reparos en la carta “Mirando al vino por sobre el hombro”, publicada en El Mercurio y recogida posteriormente por Emol.

Correa cuestiona que bajar el mínimo sea necesario para impulsar las exportaciones, precisamente porque el SAG ya permite exportar vinos de menor graduación cuando la legislación del mercado de destino lo acepta. También pone en duda que modificar el límite vaya a revertir por sí mismo la caída del consumo de vino en Chile.

Otro de sus cuestionamientos apunta a las diferencias entre productores. La desalcoholización requiere tecnología e inversión y, según plantea, quienes cuentan con mayor capacidad financiera tienen mejores posibilidades de acceder a ella que los productores pequeños y medianos.

Eso no significa que todos los vinos que entren en la nueva categoría deban ser desalcoholizados, pero sí incorpora otra dimensión al debate: una misma norma puede generar oportunidades muy distintas dependiendo de quién tenga las herramientas para aprovecharla.


¿Tiene sentido un mismo mínimo para todo Chile?

Todas estas posturas son válidas y, como suele ocurrir, cada uno mira también dónde le aprieta el zapato.

Una gran empresa puede mirar mercado, competitividad y tecnología. Un pequeño productor puede mirar costos y acceso. Un enólogo puede ver nuevas posibilidades de elaboración. Y alguien que trabaja en un territorio frío puede preguntarse por qué su vino debe responder al mismo mínimo que otro producido bajo condiciones completamente distintas.

En Chile seguimos intentando meter realidades vitivinícolas enormemente distintas dentro del mismo saco regulatorio.

Por eso creo que la discusión no debería reducirse únicamente a:

¿11,5° o 8,5°?

La pregunta de fondo es otra:

¿Tiene sentido seguir regulando con una misma regla vinos que nacen en territorios, climas y realidades completamente diferentes?

Denominación de origen en Chile: una regulación principalmente geográfica

El Decreto N°464 establece la zonificación vitícola chilena y fija las normas para utilizar las denominaciones de origen. Regula, entre otras materias, las regiones, subregiones, zonas y áreas vitícolas, además del uso de menciones relacionadas con origen, cepaje y año de cosecha.

Es un modelo bastante diferente al de muchas denominaciones europeas.

Allí existe una normativa general, pero muchas denominaciones cuentan además con pliegos de condiciones propios que pueden establecer variedades autorizadas, rendimientos, prácticas de cultivo y elaboración, características analíticas e incluso parámetros específicos que debe cumplir el vino para utilizar determinado origen.

No significa que ese sistema sea perfecto ni que Chile deba copiarlo.

Pero la lógica es diferente. La regulación de una denominación no responde únicamente al mercado. También busca definir y preservar una identidad construida alrededor de un territorio, su historia, sus variedades y su saber hacer.

Y Chile tiene realidades vitivinícolas tremendamente distintas.

¿Qué puede cambiar con los vinos de 8,5° en Chile?

La nueva categoría puede ampliar posibilidades comerciales, permitir nuevos productos y dar espacio a territorios o variedades que hoy encuentran una barrera en el mínimo de 11,5°.

También puede favorecer de manera distinta a productores según su escala, recursos y capacidad tecnológica.

Por eso no creo que la discusión pueda resolverse diciendo simplemente que bajar a 8,5° es bueno o malo.

Si uno de los argumentos centrales para modificar la normativa es reconocer la diversidad de condiciones bajo las cuales se produce vino en Chile, quizás también deberíamos discutir cuánto de esa diversidad reconoce hoy nuestra regulación.

Bajar de 11,5° a 8,5° puede abrir una puerta. Pero si no discutimos también el modelo de fondo, quizás solo estamos cambiando un saco por otro.


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